A pocos días de la inauguración del Mundial 2026, el aficionado peruano se resigna a una vieja rutina: encender el televisor para alentar a selecciones ajenas. Lo que alguna vez se maquilló como mala suerte es hoy una crisis estructural.
Peor aún, el camino hacia el Mundial del Centenario en 2030 luce igual de sombrío; hoy no existen argumentos para la ilusión.
Ante la alarmante ausencia de canteras en el torneo local, la dirigencia ha optado por el «parche» de buscar salvadores en el extranjero. Si bien se valora el aporte de figuras como Gianluca Lapadula u Oliver Sonne, depender crónicamente de futbolistas formados bajo el rigor europeo es la prueba definitiva del abandono de nuestras bases.
Mientras los vecinos de la región exportan juventud consolidada tras entender que el fútbol se cultiva desde la niñez, el balompié doméstico sigue atrapado en una burbuja de mediocridad que prioriza el beneficio inmediato.
Urge una política institucional estricta que obligue a los clubes a invertir en infraestructura y divisiones menores, transformándolos en verdaderos centros de alto rendimiento
Las autoridades de nuestro balompié tienen la obligación de reaccionar y ponerse a trabajar de inmediato.
El fútbol peruano no puede permitirse más improvisación ni desidia. O se empieza a sembrar hoy con visión de futuro, o condenamos al país a revivir la pesadilla de esperar otros 36 años para ver la blanquirroja en una Copa del Mundo.
La hinchada no les perdonará otra era de parálisis.