“LA BATIDA”

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Escribe: Julio Failoc Rivas

Todos los días era la misma rutina: ir a la universidad sin estar seguro de mi retorno. Esperar el último micro al borde de las 10 de la noche para llegar a tiempo a casa, sano y salvo, y ver a mama como le regresaba el corazón de alegría de verme llegar. Celebrar un día más invicto, de no haberme alcanzado en el camino «el toque de queda».

Eran días de guerra, de violencia insana e infinita, y sin tregua. Sendero Luminoso tenía cercada Lima. Los policías estaban locos de tantos atentados ejecutados en forma simultánea. Lima ya no era «la horrible», su fealdad había dejado de ser notoria de tantos apagones.

Era la víspera del nuevo año, un poco más de las nueve de la noche, andaba medio tranquilo y con pausa, con unos amigos, cuando pude divisar de lejos el último micro que debía tomar para que acercara a mi casa.

Mierda, «la Cocharcas», se me adelantó- grité algo asustado.

Corrí como loco para intentar alcanzar el micro que pudiera llevarme sano a casa. Estaba lejos, pero eso no importaba, tenía que alcanzarlo, no me quedaba otra, era el último micro y si no lo tomaba «el toque de queda» me iba a agarrar en la calle. Me vi acribillado por las ráfagas de las metralletas de los policías. Vi el rostro de mi madre como un astro de cera y llanto, y un ataúd, en el centro de la sala de mi casa, velando los restos de mi cuerpo en lugar de celebrar la venida del año nuevo.

Cuando creí haber agotado mi carrera, saque fuerzas de donde pude, grite con tanta fuerza que el eco del retorno de mi voz en la oscuridad hizo que el chofer advirtiera que lo estaba siguiendo.

Noté que el micro estaba completamente lleno, con un policía en el estribo. Le hice señas con las manos, desesperado, como si me estuviera ahogando.

La velocidad del micro inició su descenso y junto con ello, se incrementó mi esperanza de llegar sano y salvo a casa.

Por una extraña razón, conforme iba alcanzando al micro, las risas y carcajadas de los pasajeros, eran más intensas y contagiantes.

No era para menos, el micro lleno de pasajeros eran jóvenes sanmarquinos –como yo- que habían caído en una redada de la policía. Era una batida.

Al día siguiente en la calificación, que suelen hacer en la comisaría, el comisario preguntó por mí: – ¿y a este muchacho, porque lo han traído?  El policía le respondió- “por huevón”.