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INMOTIVADA ARROGANCIA

INMOTIVADA ARROGANCIA

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Desde el nacimiento, nuestros padres, maestros y formadores religiosos, nos han repetido hasta el cansancio, que el ser humano es el centro de la creación y lo más grande del universo. Ello, sin duda alguna, generó arrogancia y nos jactábamos de ser lo “máximo”, aunque con expresiones que cambiaban según los tiempos. Hace algunos lustros se habría dicho que somos “la última chupada del mango” o “la gaseosa en el desierto”, lo que en generaciones recientes se convirtió en el famoso “somos chévere”.

Como reyes de la creación y lo más elaborado del universo, hemos mirado a la naturaleza por encima del hombro y no la hemos cuidado; todo lo contrario, en inmotivada arrogancia, la hemos agraviado depredando los bosques, sembrando acero y cemento en cuanto valle agrícola existe, ensuciando gravemente los mares, lagos y ríos, hemos contaminado el aire y terminado con el hábitat de muchas especies y, sin olvidar las que hemos desaparecido.  Triste, por cierto, pero real, muy real.

Hemos considerado que nuestras altísimas edificaciones nos acercan al espacio celeste, nos hemos convencido que somos lo más selecto de la galaxia y, que al llegar a la luna y poner en órbita satélites, podríamos esperar ser los dominadores de la galaxia.

El avance científico y tecnológico de las últimas décadas, podría haber enceguecido nuestro intelecto, dado que a las generaciones actuales nos ha tocado ser espectadores de cambios inimaginables. Uno sencillo, como ejemplo: hemos visto pasar del telegrama al cablegrama, de este último al fax y de aquel al escaner; de la correspondencia epistolar a la digital a través de Internet y, con la herramienta de una sencilla lap top. Somos espectadores del cambio.

Pero hay muchísimo más, somos testigos de la enseñanza a distancia, de la telemedicina, de la información y comunicación en simultáneo con los acontecimientos, la biotecnología, la robótica, la inteligencia artificial, los vehículos con locomoción extra carburantes, como es la eléctrica, la generación eléctrica eólica y solar, entre otros muchos avances.

Sin embargo, un elemento microscópico, como es el coronavirus en su versión Covid 19, ha puesto al mundo y al ser humano contra las cuerdas.

Un elemento tan pequeñito, no visible a simple vista, ha obligado a todos los países del globo a tomar difíciles y severas medidas, para evitar, en lo posible, la propagación de la epidemia y el contagio a nuestros congéneres, como son el confinamiento en nuestros hogares, la paralización de nuestras actividades habituales, el uso de nuestras reservas financieras, la paralización de la economía y, todo ello, con el temor simultáneo que las medidas de contingencia continúen y que el futuro sea incierto.

La situación nos obliga a repensar la finalidad de nuestra existencia, la sana convivencia entre los seres humanos, el cuidado del medio ambiente, privilegiar la investigación en temas biológicos y médicos, la mayor cercanía al Ser Superior, que muchos llamamos Dios, así como identificar los yerros cometidos para no volvernos a equivocar y a rectificar, que todavía estamos a tiempo.

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