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Por Ántero Flores-Aráoz

El arzobispo de Lima, Cardenal Juan Luis Cipriani, cumplió 75 años el pasado 28 de diciembre, y de conformidad con las disposiciones eclesiásticas presentó su carta de renuncia al Papa Francisco, renuncia que  fue aceptada, pese a que podía ser aplazada su partida, tal como muchas veces ha ocurrido, máxime que se encuentra en excelente estado de salud, en plena actividad pastoral y haber demostrado eficiencia en el ejercicio de su magisterio religioso.

Con toda humildad aceptó pasar de titular del Arzobispado capitalino a mero Administrador Apostólico, hasta que su sucesor asuma funciones.  Esto es, de dueño de casa pasó a casi ocupante precario y, el sucesor no será ninguno de los otros obispos que integran la Conferencia Episcopal Peruana, lo que tampoco se entiende.

He podido escuchar y leer críticas a nuestro mencionado pastor, pero no decirle gracias por todo lo que ha hecho, motivo por lo cual me permito recordar que siendo religioso es también un ser humano común y corriente, que proviene de familia orgánica, que desde joven ha tenido “esquina”, que siempre fue deportista y que antes incluso de ser religioso se graduó de ingeniero, habiendo estado por ello más expuesto que muchos de sus pares a las tentaciones mundanas,  las que supo esquivar.

Su primer destino de obispo no fue en diócesis cómoda, fue quizás la más complicada, difícil y peligrosa en los años del terrorismo homicida que tanto daño nos hizo.  Estuvo en Ayacucho desde 1988, en que con valentía enfrentó desde el púlpito y en la calle, a los terroristas, sobreponiéndose a todo tipo de amenazas.  No lo doblegaron y, fue gestor de casas de acogida e instrucción para los huérfanos que dejó el terror, preocupándose por los damnificados.

Cuando una columna del MRTA tomó la residencia del embajador del Japón en diciembre de 1996, durante algunos meses Juan Luis Cipriani concurría a ella en su calidad de garante nombrado por el Vaticano, para buscar un arreglo que permitiese la liberación de los más de setenta secuestrados. Cada vez que pasaba el umbral de la Embajada, no se sabía si regresaría, pues nadie podía prever el comportamiento de los delincuentes. Siempre tuvo coraje y los pantalones bien puestos, así fuera bajo la sotana.

En Lima privilegió su acción apostólica en zonas de carencias, como por ejemplo Manchay, donde mantiene diversas obras comunitarias ejemplares. Recordemos que dejó sus cálidas oficinas anexas a la Catedral para llevarlas a zona popular y cercana al centro de distribución de ayudas para desastres.  También se ocupó de la cultura, haciendo del arzobispado inicial un valiosísimo museo religioso.

Durante muchos años, desde RPP llegaba con su palabra a todo el Perú, aunque no gustase a todos, pues con su estilo franco llamó “al pan, pan y, al vino, vino”.

Fue el artífice principal de las multitudinarias marchas por la vida, la educación moral y los valores y, entonces, como no recordar la obra del Cardenal Cipriani y, decirle muchas veces GRACIAS.

 

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