ATRAPADOS

Redacción 22 de noviembre del 2019 - 2:45 PM

Por Roger Grández Ríos, Director de Prospectiva Amazónica

Con una población superior a los 885 mil contadas por el INEI en el censo 2017, nuestro Loreto es identificado como uno de los territorios de elevados niveles de vulnerabilidad que pone en riesgo la débil estructura económica, social, ambiental e institucional atacada por todos los flancos y todo hace indicar que estamos caminando al bicentenario con los pies pesados producto de la fuerte recesión y la desigualdad persistente.

Cuando se crearon los distritos de Belén y San Juan en 1999 desde el distrito origen de Iquitos, se tenía la impresión en una mejora en el ordenamiento de la ciudad con servicios públicos de mejor calidad y en su oportunidad, incrementando de esta manera el valor público. Pasaron 20 años y la ahora ciudad metropolitana de Iquitos se encuentra peor que antes, con pistas en mal estado y en permanente reparación; plazas y lozas deportivas construidas y sin mantenimiento; una ciudadana expuesta a la inseguridad ciudadana dejando en el pasado a esa ciudad tranquila, fraterna y apacible donde transitar por la ciudad era un paseo inolvidable; una ciudad llena de basura y mal oliente donde la salud pública ya se convierte en un riesgo permanente; y en estos últimos 5 años (2015-2019, al mes de noviembre) las 4 municipalidades que forman parte de la ciudad metropolitana de Iquitos (Iquitos, Punchana, Belén y San Juan) gastaron en conjunto s/.469 millones en embellecer la ciudad en términos de crear valor público en cuanto a la seguridad ciudadana y de salud, entendida este último como gastos ejecutados en pistas, veredas y plazas, así como recojo y disposición final de inservibles botados en el más grande basurero de la Amazonía. A pesar de un importante monto en inversiones ejecutadas en los últimos 5 años, la ciudad sigue conservando su fealdad e inseguridad en todos sus extremos, que expone al riesgo permanente al ciudadano.

La anemia y desnutrición crónica infantil (DCI) así como los resultados en el nivel educativo, que son los factores que potencian una economía, siguen mostrando resultados pésimos. La tasa de permanencia en las aulas de la educación básica regular llega a la frontera de 7 años cuando lo ideal es 14 y los indicadores malos de salud infantil se acercan al 40% y en los últimos años se ha vuelto estructural, casi difícil de vencerlos, a pesar de las intervenciones multisectoriales, entre ellos un programa de atención en el servicio de alimentación escolar que para este año tiene un presupuesto en ejecución de s/.143 millones, 19% mayor que el 2018.

Al finalizar 2018, un total de 275 mil personas se encuentran en situación de pobreza y el nivel de carencia de necesidades básicas insatisfechas en la zona rural demuestra la realidad de un territorio en abandono, donde los 2,346 centros poblados apenas el 13% tiene acceso al servicio de agua segura y el 11% al servicio de saneamiento. Las condiciones de marginalidad económica y social son evidentes en cada uno de los puntos cardinales de nuestro extenso territorio. Estamos atrapados por un sistema y de un estado que no sabe cómo actuar en la zona de frontera, en la zona rural y con comunidades nativas. La desigualdad entre el campo y la ciudad es hasta 7 veces en sus niveles de ingresos, y está generando una movilidad social de abandono de la zona rural de jóvenes que buscan nuevas oportunidades en otros lugares, porque en el lugar donde se encuentran y en el espacio donde viven, la institucionalidad como factor clave para promover integración y articulación, no tiene la fuerza suficiente para solucionar los problemas públicos de sus vecinos, de sus comuneros.

En el tema productivo, que es el aporte y el esfuerzo de todos, cada vez muestra su debilidad y la riqueza construida sobre una base productiva basada en el extractivismo y el autoconsumo, no garantiza una economía que desborda felicidad; sin embargo, la renta especulativa generado por una actividad comercial que acumula riqueza y muestra desigualdad, fue un patrón de diseño de una economía que apostó a la inversa: dejó a un lado la actividad productiva y el desarrollo local con el aprovechamiento del capital natural y apuntar a generar valor fortaleciendo el conocimiento técnico y formar habilidades de los jóvenes en el mismo lugar donde se encuentra el recurso: el desarrollo desde adentro. Estas imperfecciones modelan una economía de mínima capacidad productiva y con enormes frustraciones sociales, que se muestran ahora en protestas y conflictos de nunca acabar.

La institucionalidad en todas sus formas y en toda su extensión, cada vez se encuentra más lejos de los ciudadanos. Su nivel de gastos de sus inversiones siguen mostrando avances anémicos y la selección de los proyectos de inversión para su ejecución se encuentran lejos de lo que requiere el territorio, de su prioridad dentro de un marco de planificación consensuada y articulada. La burocracia y la corrupción son los promotores, por excelencia, de una economía en decadencia y es un mal endémico de difícil cura. La sociedad como tal ha perdido credibilidad en sus autoridades y entre ellos mismos: la confrontación desigual y de una ciudadanía irrespetuosa y violenta con su ciudad, es una película en construcción.

Atrapados estamos los ciudadanos en un territorio donde la naturaleza expresa su libertad y su coraje. Qué disyuntiva y qué retos, verdad?