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CALIDAD MINISTERIAL

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Ante los cuestionamientos a algunos ministros de Estado debemos hacer algunas reflexiones sobre el particular y la primera de ellas es que más allá de los requerimientos legales formales, hay otros que son tanto o más importantes que los primeros.

De conformidad con nuestra Constitución, para ser ministro de Estado se requiere ser peruano por nacimiento, ciudadano en ejercicio y haber cumplido veinticinco años de edad. Tenemos que preguntarnos si ello es suficiente y la rápida respuesta es que no, dado que entre esos requisitos ni siquiera se encuentra la de ser letrado, por lo cual en teoría un analfabeto podría ser ministro, como que también podría ser presidente de la República.

Pasando del ámbito del conocimiento, al moral, en la práctica un ministro puede ser un truhán, puesto que si no es sujeto de pena principal o accesoria de inhabilitación para cargo público y que ella se encuentre vigente, podría ejercer la alta función de ministro de Estado.

Lo cierto es que la alta responsabilidad que implica ser ministro, además del honor de haber sido escogido para tan altísimo cargo obliga al que lo propone, que es el presidente del Consejo de Ministros, como al que lo nombra que es el presidente de la República, a seleccionar bien, dentro de los mejores que hay en la vidriera, con lo cual se evitarán la vergüenza de los cuestionamientos cuando se tomó mal la decisión.

De igual manera, a quien se le ofrezca el cargo al que nos referimos, esto es ser titular de una cartera ministerial y ser integrante del Consejo de Ministros, debería antes de tomar una decisión afirmativa, revisar su hoja de vida, puesto que si ella no es satisfactoria y más parece un “Boletín de Condenas” o un “Certificado de Antecedentes Policiales”, mejor es que no acepte integrar el gabinete ministerial.  Incluso puede estar muy limpia su hoja de vida, pero si no tiene buena reputación, prestigio y buen nombre, mejor es que se inhiba y se evite ulteriormente un cambio deshonroso.

Un buen gobernante al escoger candidatos para que lo acompañen en la función pública, debería someterlos a un severo escrutinio especializado para conocer todos sus antecedentes, con lo cual tendría cierta evidencia de buen comportamiento y evitaría pasar por el sinsabor de destitución o solicitar la renuncia.

Las funciones de un ministro de Estado son tan elevadas, que no se debería designarlo por simple simpatía, compañerismo, parentesco, amistad, o la pertenencia a la misma agrupación política. Es conveniente tener en cuenta además de los conocimientos y solvencia técnica, otras características como son la lealtad al país y elevadísimo espíritu cívico.

No olvidemos que, a tenor de la normatividad vigente, entre las funciones ministeriales tan importantes se encuentra la de orientar, formular, dirigir coordinar, determinar, ejecutar, supervisar y evaluar las políticas nacionales y las específicas de su Sector, además del planeamiento estratégico general y ser titular del respectivo pliego presupuestal.

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