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MOLINOS DE VIENTO

Escribe: Luis Alberto Vásquez – elbochagol@hotmail.com

A Beto Ríos in memoriam

Un abrazo desde el alma…

Hace algunos días partiste a la eternidad, convertido en polvo de cenizas y hoy vuelas hacia el infinito, como la flor de la huimba, y te vas por donde te lleva el viento, para reposar en el bosque de tus sueños y en las palabras que se vuelven poesía cerca de la luna. Un abrazo eterno para ti, desde el alma, convencido que la ternura, el afecto, el cariño, nos seguirá alumbrando para siempre.

El viento del atardecer llevó tus cenizas al infinito, para esparcirlo en el mar de tus sueños y en aquellas palabras y frases que la brisa convierte en poesía, para recordarte toda la vida. A pesar del dolor que nos quema, de la pena que nos destroza, del sufrimiento que nos lastima, a quienes tuvimos el privilegio de disfrutar de tu amistad, de tu generosidad, de tu inmensa humanidad y de aquella mirada por revolucionar todo en beneficio de los que menos tenían.

Con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en la Feria del libro de Lima.

Beto Ríos fue mi amigo de la infancia y nos abrazamos por primera vez a los 5 años en el Jardín de niños de Moyobamba, acompañado de la voz tierna de la maestra Encarnita Loja. Nuestra felicidad era soltar barquitos de papel en los pequeños riachuelos, que se formaban en los caños de las veredas de tierra después de la lluvia. Tiempo después, el olor a tierra mojada nos hizo soñar en el futuro de una ciudad que nos dio todo, las más grandes alegrías, los juegos de niños que jamás olvidaremos, los paisajes más hermosos del mundo, los partidos de fútbol en las calles, los primeros amores, las travesuras, los diplomas de la escuela, la mirada tierna de los abuelos, la dulzura de mamá, los valores, la disciplina y cómo mirar mejor en la oscuridad.

Con el padre Joaquín García en la Feria del Libro de Moyobamba.

Y luego nos tocó marcharnos a una ciudad distinta, que no queríamos, que tenía una luz tenue, un cielo gris y estudiamos el colegio secundario con muchachos de otros vientos, pero donde se nos instaló la rebeldía y el coraje. En la universidad volvimos a soñar y enarbolamos banderas de la justicia, de la igualdad, de los derechos de todos y nos volvimos militantes. Y pertenecimos a células distintas y nos cambiaron de nombres para pintar paredes y estuvimos en marchas, en protestas colectivas, en mítines históricos, en debates, en discusiones, en muchas lecturas políticas, para seguir soñando en la justicia.

Después la palabra nos atrapó para siempre. La poesía se instaló en el alma y los versos de Juan Gonzalo Rose fueron una religión en la exacta dimensión “del color de los patios de las casas tranquilas…”. Alejandro Romualdo, Luisito Hernández, Sologuren, Toño Cisneros, Blanca Varela, María Emilia Cornejo, Luis Hernán Ramírez, Chacho Martínez, Juan Cristóbal, fueron fortaleciendo nuestro espíritu y convirtiéndonos, sin duda, en mejores seres humanos.

Celebramos la literatura, la música, el arte, la cultura, la pintura, el fútbol, el amor, y también la solidaridad, la política, el debate, la conversación, las miradas y los puntos de vista de cualquier tema del mundo. Y claro, viajamos por tantos países, juntos y separados, conocimos cada rincón del país y toda la amazonía, sus mitos y leyendas, sus tradiciones, su sabiduría y tuvimos la suerte de conversar horas de horas con Róger Rumrril, Stefano Varesse, con poetas y artistas plásticos como Saurín, Rupay, Clíver Flores, Echenique y un buen día fuimos tan felices al abrazarnos con Héctor Abad Faciolince, el escritor colombiano que escribió “El olvido que seremos” y nuestros hijos, Christian y Beto, pudieron ser testigos de nuestra felicidad.

Hermanos del alma.

Tantas historias juntos, tantos viajes, tantos libros que nos deslumbraron, una amistad de hermanos del alma, que nos hizo escribir juntos un libro sobre el fútbol de San Martín, para hacernos hinchas de la pelota, el de la calle, el del toque genial, por eso hinchamos por el Belén de Moyobamba, el barrio que nos vio nacer, el Cali Afa de Tarapoto, que nos hizo socios honorarios para siempre, Universitario de Deportes, nuestra vida, y los diablos rojos de Independiente de Avellaneda, cuyo símbolo será siempre Ricardo Enrique Bochini, el bocha.

Una tarde se fue a mirar el mar y me contó que su signo zodiacal se había metido a su vida y es cuando empezó una lucha frontal, con dignidad y coraje, como en los mejores tiempos, junto a su familia y sus entrañables amigos. Y el cáncer no pudo con él, le enfrentó con hidalguía, porque esa enfermedad no puede derrotar a la poesía, ni muchos menos a un hombre inteligente. Y no pudo. El cáncer se cansó de maltratarlo y al final, su corazón de guerrero siguió latiendo, por el amor a su hijo, a su compañera, a sus seres queridos.

Nos vimos hasta el final compadre de mi corazón. Lloramos, sufrimos, nos desesperamos, hasta esa madrugada que te despediste, como en aquellos tiempos eternos, con unos rones encima y mil historias que se guardarán para siempre en mi memoria. Después que te convertiste en polvo para volar como la flor de la huimba y reposar en los enigmas del infinito, con Carlitos Cabrera Oliva, le metimos un buen pisco, doble y fuerte, para poder recordarte, gordo querido, puta madre, toda la pendejada de la vida, llorando, con el corazón hecho pedazos, la ternura que te debemos y que enseñaremos a nuestros hijos. Hasta siempre, hermano de mi corazón.

NdR: Nobleza obliga. Publicamos el artículo del periodista, poeta,  escritor y Director Regional de Cultura de San Martín, Luis Alberto Vásquez Vásquez, difundido hace unos días en la Revista El Tarapotino. Un monumento al  amor fraterno, un  homenaje a la amistad y  a la solidaridad, que brota desde una sublime entraña colmada de valores humanos. Una gala a la que orgullosamente nos sumamos en memoria de nuestro inolvidable amigo,  Alberto Ríos Ramírez, a la par integrante de Red de Comunicación Regional – RCR.