LA OLIGARQUÍA INTERNACIONAL Y EL NUEVO REALISMO

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Por Mariano Torres

Durante milenios, las diversas naciones utilizaron la fuerza para nacer, crecer y desarrollarse, muchas veces a costa de países cercanos relativamente débiles. Parecía algo cruel, pero ello no era sino producto inevitable de una circunstancia de la que no se podía escapar: la ausencia de un poder central regulador entre las entidades nacionales que competían entre sí. Se imponía la nación que tenía los ejércitos y los medios militares más grandes. Un puñado de “leones” tiranizaban una “selva” de temblorosas “gacelas” y de otros animales menores, últimos eslabones de la “cadena alimentaria”. Feroces fieras fueron, en efecto, España en el siglo XVI, los Países Bajos y Francia en el XVII, Inglaterra durante los siglos XVIII y XIX, y los EEUU hasta la primera mitad del XX, cuando comenzó a compartir el poder mundial con la Unión Soviética. Hoy la China aspira a ese estatus de grande, aunque no sabemos si terminará por superar a los EEUU, o si coexistirá con la potencia norteamericana. Entre las “gacelas” había de todo: desde naciones débiles que desaparecieron y resurgieron como Polonia, países como Alemania y el Japón que llegaron incluso a pretender, sin éxito, un rol central como potencias estratégicas a nivel global. Y por supuesto (más bien entre los “conejos” de la selva internacional) a toda esa gama de países que alguna vez fueron llamados del Tercer Mundo, que van desde ese convulso país llamado Sudán, entidades medianas como el Perú y Egipto, estados más grandes como Brasil y Nigeria, e incluso algunos que llegaron a ser aspirantes a grandes potencias, como la Argentina.

Vistos los grandes antecedentes geopolíticos, y ya hablando en términos económicos, podríamos decir que, en el borde del milenio, había un mundo “oligárquico” dominado por los países ricos y desarrollados de la OCDE como los EEUU, Japón, Canadá, Australia, Israel, Alemania, Francia, el Reino Unido, España y varios otros. Pero también “emergentes” como la India, la China y Rusia, que no estaban plenamente desarrollados, pero que mostraban agresivas tasas de crecimiento, una gran proyección en el mundo y el deseo de ocupar, en el más breve plazo, un lugar de importancia entre los prósperos poderosos. Y “tigres” menores, pero significativos, como Singapur y Corea del Sur. Y, al final, un grupo de países “inviables”, por lo general situados en el África.

Véase el asunto como se vea, y desde sus inicios, la sociedad mundial ha sido todo menos democrática. Más bien ha sido oligárquica.

A esta característica esencial -y por lo visto permanente- de la vida internacional debemos añadir, en un plano coyuntural, que nos encontramos viviendo desde hace unos veinte años el fin del orden liberal articulado por los EEUU luego de la Segunda Guerra Mundial. Quizá desde el mismo fin de la Guerra Fría, a comienzos de la década de 1990, los EEUU no supieron articular un esquema coordinado con sus aliados. Además, en un plano interno, la Cuarta Revolución Industrial, con su énfasis en aspectos como la robótica, ha alterado profundamente a la sociedad de los EEUU y llegó a sentar las bases para un peligroso populismo. Desde este punto de vista, la llegada del presidente Trump al poder en 2016 pudo ser interpretada como la punta del iceberg de un debilitamiento del liderazgo de los EEUU en el mundo. De hecho, un efecto claro fueron las discrepancias que surgieron en el seno de la alianza occidental, así como un proteccionismo supuestamente defensivo frente a la China.

Lo que ha ocurrido con la distribución de la vacuna del COVID-19 no ha hecho sino empeorar, hasta niveles de escándalo, esta situación tanto estructural “elitista” a nivel de países, como coyuntural, asociada a la proyección de los EEUU, pese a las esperanzas que se tienen con la llegada del presidente Biden al poder.   

Todos los países poderosos, incluso aquellos que mostraban (en la apariencia) un perfil más abierto y solidario, han hecho valer su poder económico y sus contactos internacionales para acaparar, en los hechos, las diversas vacunas, entendiéndose directamente con las empresas farmacéuticas privadas dedicadas a este negocio. Dicen que el Canadá tiene cinco veces más vacunas de las que necesita su población. Por su parte, el presidente Trump llegó a expresar que él solo estaba interesado en conseguir una vacuna para los EEUU, como si el resto del mundo no existiera.

 En el fondo, los países poderosos vienen exhibiendo un monstruoso egoísmo nacional semejante, aunque con otros medios y según otras proporciones, al que mostraron en su momento las potencias europeas cuando exprimieron a escala industrial a África, Asia y América Latina en los siglos XIX y XX. Solo que ya no vemos marinos altaneros -casi piratas- que exhibían cañones desde sus barcos, o jefes de factoría maderera o minera fuete en mano. Ahora son los elegantes y hedonistas empresarios y diplomáticos de los refinados países de la OCDE, que actúan sin la menor consideración ni equidad en el plano internacional, desbancando, con sus contactos fenicios, a los más pobres. ¿Comportamiento de países civilizados? Pamplinas. Hasta Chile, Colombia y México, precarios miembros de ese club de países ricos (sin serlo), parecen haberle sacado el jugo a esta fuente de contactos, sin mirar para nada a sus vecinos más problemáticos y pobres.  Es la política del “cada uno baila con su pañuelo”.

El tener más o menos vacunas (hechas en el país o importadas) se ha convertido en la nueva vara objetiva para vislumbrar el desarrollo relativo de los países. Por ejemplo, hoy se puede decir, con cifras en la mano, que Chile está más desarrollado que la Argentina. Ahora también cabe sostener que los avances que muchos países exhibían tenían mucho de oropel. De más está decir que este último ha sido el caso del Perú.

Ha sido el test de los contactos, del prestigio y de una voraz proyección internacional. (Y no estoy empleando aquí el adjetivo “voraz” de modo arbitrario). Quiero ser muy preciso en eso porque, si de dinero se trataba, el Perú tenía reservas de sobra para comprar dos veces las vacunas que necesitaba. El problema fue por otro lado.  No todo es dinero. Lo más importante es tener una especie de “chip” o “programa” de país desarrollado y moderno, con coordinación interna, contactos y prestigio. Y, sin duda, países como el nuestro no lo tienen. Ahora lo vemos con claridad brutal. Qué duda cabe de que no estamos vinculados de manera sana con el mundo.

En un plano más general, la carrera por las vacunas ha permitido comprender otra cosa, que más nos vale asimilar a conciencia: la realidad del feroz ambiente competitivo mundial. Con bastante candor, más de un teórico de la interdependencia compleja señaló que había pasado el tiempo de la obsesión por la seguridad y que de lo que se trataba ahora era de romper barreras comerciales y fronterizas, apuntalar el rol de las empresas privadas, e ir desarmando esa supuesta armazón herrumbrosa que era el estado nacional, a la búsqueda de entidades “supranacionales”. Añadían que, aunque los conflictos no iban a desaparecer, ellos no se iban a resolver, como antes, con cañonazos e invasiones, sino en un ambiente de positiva “competencia económica”, ya sea comercial o tecnológica.  La realidad viene mostrando un panorama diferente.

Otro “velo” que impidió ver la realidad fue la creencia, también candorosa, de que el sistema multilateral iba a permitir avanzar hacia soluciones consensuadas. Pero su máximo exponente, la Organización de las Naciones Unidas, no ha pasado de ser un símbolo o una caja de resonancia (que cada vez suena menos) de los problemas mundiales. El éxito de experiencias como la constitución del Derecho del Mar, impidió que muchos apreciaran la sucesión de fracasos, e incluso de confusión, que ha representado la negociación multilateral. ¿Se ha avanzado, por ejemplo, en lo que se refiere a la adopción de medidas frente al calentamiento global? ¿Ha servido de manera significativa la retahíla de estupideces y lugares comunes que ha surgido de la dialéctica feminista? ¿Sirvió antes el sistema multilateral para evitar que, en la década de 1980, los países pobres no fueran pasto de la avidez del sistema crediticio internacional en el contexto de la crisis de la deuda? La respuesta es muy clara: no.

Lo que estamos viendo ahora no es una sana competencia económica, sino una lucha por la existencia misma. Es decir, estamos volviendo a los criterios de seguridad, aunque calculados de manera exponencial. Y, además, en un mundo donde las grandes potencias simplemente han volteado sus caras a otro lado ante la invocación (noble, pero ineficaz) de la Asamblea General de las Naciones Unidas para declarar las vacunas como bien barato y asequible. Ahora vemos con claridad que las grandes potencias solo respetan el Derecho Internacional cuando este encaja dentro de sus intereses.

En otras palabras, urge afinar nuestro “lente” teórico internacional hacia un nuevo realismo, que nos permita comprender mejor lo que está sucediendo. El remezón no solo está teniendo lugar en la realidad, sino también sobre el cuerpo teórico que permitirá comprender mejor esa misma realidad.  

Ahora la verdadera amenaza no está en las ojivas nucleares, como ocurría durante la Guerra Fría, sino en los poderosos laboratorios científicos que dominan el mercado, y en los egoístas estados que están detrás de ellos. El viejo teórico Hans Morgenthau ha renacido, solo que ya no vestido de marine, sino portando una bata de farmacólogo.

Pero las preguntas de fondo son dos: ¿pudo preverse esta catástrofe que puede representar millones de muertos en los países pobres?, ¿qué se puede hacer para contrarrestar esta situación?

Es evidente que esta situación pudo preverse. Lo impidió la ambición de los políticos y empresarios y el estúpido sentido de “moda intelectual” que ha caracterizado siempre a los académicos. Hubo demasiadas señales en el pasado reciente. Por otro lado, hay una responsabilidad compartida de todos los servicios diplomáticos de los países subdesarrollados (que, en teoría, son observadores permanentes de lo que ocurre fuera de las fronteras de sus países). Aletargados por sus jugosas prebendas, por su estatus internacional, por su escasa sagacidad, y creyentes en la tonta creencia de “un mundo sin fronteras”, dejaron de informar y, sobre todo, de alertar a sus estados, como debió hacerse.

Poco se puede hacer para contrarrestar esta situación. El “tsunami” de la enfermedad y de la falta futura de vacunas, sus espantosas “olas”, y sus millares de “ahogados”, ya hizo lo que debía hacer y continuará generando destrucción y confusión. También, siguiendo el símil, debemos recoger nuestros muertos y construir con los brazos desnudos.

Puede que la historia no se repita en el futuro si aprendemos las lecciones y comprendemos cuál es la auténtica naturaleza del medio internacional, donde en lo esencial solo podemos contar con nuestros propios recursos, voluntad e imaginación. Que al menos esta tragedia sirva de lección paras las futuras generaciones.

Solo cabe un último comentario: ¿qué rol asumirá la China en todo este desastre? Sin duda, la joven potencia tiene una oportunidad de oro para erigirse como un nuevo gigante solidario con los países pobres, desbancando a los EEUU y a la Unión Europea ¿La aprovechará?